domingo, 16 de agosto de 2009

SIGUIENDO APRENDIENDO



















Empapándome de cada detalle, sigo aprendiendo acerca del carácter kiwi.




Me divierte observar las semejanzas que compartimos, pero también las pequeñas diferencias.




Sutilezas que no pasan desapercibidas si se presta atención.



Factores comunes indican que todos pertenecemos al mismo género, pero el detalle es el que marca la diferencia. Como en todos los niveles de la vida, no es lo que haces, sino cómo lo haces...




Descarto la idea de proponer a mis amigos acudir al concierto gratuito de la orquesta sinfónica de Auckland. No hace falta demasiado tiempo para conocer las motivaciones de cada uno.




Lo hago sola. Sería estúpido desperdiciar una oportunidad como ésta.




El resultado supera mis expectativas… Es más emocionante de lo que esperaba. Supongo que la situación y el lugar también propician la desconexión con el mundo exterior. La música es como una inyección de adrenalina en mi sangre, cada poro de mi piel recibe el ritmo sincopado de los chelos, mientras mi pulso sigue el contratiempo de los bombos.



Las campanas tubulares dan un toque de misticismo a la composición. Cierro los ojos para concentrar la atención en el único sentido que me importa en este momento. La acústica del lugar es excepcional.




Me pierdo unos segundos más con la melodía…




……Hasta que me sobresalta el berrido de un niño delante de mí… Buena forma de volver a la realidad.



No pasa nada, solo es un crío…



Me fijo ahora en el movimiento de las manos, en la forma de coger el arco, en la batuta del que dirige, en el percusionista que espera su momento de gloria…



Y en el crío que no para de moverse para llamar la atención… Si fuera mi hijo, le sacaría a la calle. Comienza a ser insoportable.



La madre empieza a desesperarse, pero parece que a nadie más le importa.



Se acaba la pieza y los aplausos consiguen disimular los berridos infantiles. Pero el silencio vuelve a inundarlo todo… O casi todo.




A diferencia de lo que me han enseñado, el director no espera al silencio absoluto para dar comienzo a la siguiente pieza. Parece no escuchar nada más. Nada le disturbe…



Sin embargo yo, empiezo a perder la calma… Y su madre también. Estamos presenciando una obra de arte y una molesta mosca cojonera se empeña en estropear la magia.




Los recursos de la madre empiezan a acabarse, y con ello, su paciencia…




Sólo la perspicacia del padre consigue recobrar la calma. Un único movimiento de mano es suficiente para distraer la atención del niño: cierra el puño y lo muestra ante los ojos del pequeño.



Éste sonríe mientras extiende la mano para envolver la de su padre. Comienzan a jugar a piedra papel y tijera… Y con ello, también comienza la paz. Ahora sólo se oye música...




Continúan así hasta el final del concierto.



Me pregunto ahora qué es más interesante si la música u observarles a ellos.




La mezcla de ambas cosas sería la escena perfecta para una película de sobremesa que pretende enternecer a quien la ve.



El concierto finaliza con un tributo a Louis Armstrong.



Otro momento para recordar y no olvidar…


1 comentario:

  1. Preciosa reflexion, preciosas observaciones..., me has transmitido durante unos instantes tu sensibilidad musical, tu saber apreciar, el deleite que vives con cada nota.........., te estas volviendo una muchacha ávida de conocimiento, una observadora atenta y aguda, estas creciendo rapidamente...y eso me encanta.

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